Éste ha sido sin duda alguna el año del silencio, de la observación y la escucha interna. No precisamente del viaje a un destino puntual lejos de casa, sino más bien del viaje interno, el del alma.
Si bien he caminado kilómetros para encontrar un lugar definido, un graffiti, un mural, he encontrado el camino menos transitado, el del silencio.
Descubrí lo inesperado, la fuerza interna que se requiere para atravesar ese trecho complicado del camino y cautivarlo (dominarlo) con magia absoluta y contundente. Con alegría y determinación hacia lo nuevo y desconocido; aquella labor que nunca había realizado, y entender que “hacer” no necesariamente es “ser”.
Sentir la anticipación y la emoción que precede al encuentro con algún arte callejero fue también la tónica que prevaleció durante este año. Al mismo tiempo me encontré siendo más intencional en muchas de mis decisiones y esto me ayudó a experimentar más claridad y estar más presente.
Compartir las fotografías de otros viajeros (as) acompañadas de sensaciones y emociones que solamente pueden ser contadas por el mismo viajero, ha sido la experiencia más humilde y valiosa del último tiempo.
“En el silencio hay humildad”. Julio Bevione